Pablo Lutin, jugador y entrenador de la selección guatemalteca de fútbol americano:

 

“Mi plan es jugar hasta donde mi cuerpo lo permita, y cuando ya no aguante, voy a seguir entrenando”


Desde los 16 años hasta los 30, Pablo Lutin ha dedicado la mayor parte de su tiempo a comprender y perfeccionar su técnica en el fútbol americano. Su conocimiento, más allá de ser un logro personal, ha sembrado una base sólida para el desarrollo del deporte en Guatemala.

En su estudio casero, rodeado de objetos que representan una parte importante de su vida —un micrófono, un casco y varios libros—, Pablo Lutin describe su infancia como una etapa “bastante normal y tranquila”. Creció junto a sus dos hermanos y sus primos, con quienes solía compartir todas las tardes despúes de ir al colegio. Nunca fue un niño “de casa”, pues él prefería salir, jugar, correr por las calles o montar en bicicleta.

“Cuando éramos más pequeños, mi abuela nos cuidaba durante el día mientras mis papás trabajaban. Después, cuando yo tenía diez años y mi hermano mayor como unos doce, ya nos empezamos a quedar nosotros solos. Íbamos a casa de mi abuela a recoger nuestra comida y luego nos regresábamos”, relata con nostalgia.

Se describe a sí mismo como una persona tranquila y reservada, a la que siempre le ha costado abrirse ante los demás. Con frecuencia, evita las situaciones incómodas y se aleja incluso de sus seres queridos. Sin embargo, cuando entra al campo, su actitud es diferente: todo aquello que no puede expresar con palabras, lo hace con el cuerpo. “A lo largo del tiempo mi personalidad se ha ido forjando cada vez más; ya sé identificar las situaciones en las que me siento bien y las situaciones en las que no”, explica.




La historia de Lutin en el fútbol americano inició un domingo del año 2012, luego de que este asistiera a la iglesia. Con la mirada perdida, como si intentara recordar a detalle ese momento, señala: “Estaba cambiando canales en la televisión y vi que justo era el inicio de la temporada de la NFL ese año. Antes de que comenzara el partido, proyectaron uno de esos videos del Super Bowl del año anterior. En este caso era el del 2011 que ganaron los Packers. Fue ese documental el que realmente me llamó la atención, y por eso mismo son mi equipo favorito”. Entre risas, alarga el brazo y muestra un pequeño casco de juguete con el logo del conjunto de Green Bay.

Quedó tan impactado que, mientras lo terminaba de ver, se puso a buscar la existencia de algún club que le permitiera ingresar a tan corta edad. Encontró la página de Facebook del plantel que pertenecía a la Universidad de San Carlos (USAC) y ese mismo día les escribió. Permaneció cinco años en dicho programa, hasta que sus estudios y el trabajo lo obligaron a detener sus entrenamientos durante un tiempo.

“Más adelante me invitaron a otro equipo, al de Rhinos, que es de Antigua. Jugué un año con ellos, y después, pasé otro año con Bulldogs”. Hace una pausa, y dubitativo, agrega: “Cuando salí de ahí, me di cuenta de que en realidad no me habían enseñado a jugar fútbol americano como se debe”.




Lutin empezó a estudiar la disciplina de manera individual. Se dedicó a consumir videos en inglés donde le explicaban a niños, de entre 5 y 8 años, técnicas que él no conocía. Así fue como surgió la idea de crear “Titanes”: una academia que sentara las bases del deporte original. “Parte del proceso fue tratar a todo el que llegara como si fuera un niño. Empezar a enseñarles, literalmente, ‘mira, tienes que poner los pies aquí y lo tienes que hacer por esto’. Y darles el qué y el por qué de todo”, aclara.

Titanes fue fundado en 2018, y desde entonces, ha cambiado la vida de muchos jóvenes que soñaban con descubrir su verdadero potencial. Las habilidades de Lutin se han perfeccionado como futbolista, pero también como entrenador: “Dicen que la mejor manera de aprender es enseñar, y es totalmente cierto. A veces, estando en el campo, explico a un grupo o a alguien cómo hacer algo, y durante ese proceso, termino entendiéndolo yo. Al buscar la forma de ilustrarlo, mis propias ideas se aclaran”.

Después de que terminara la pandemia y el deporte guatemalteco siguiera su curso, logró entrar a la selección nacional —como técnico y jugador—. Con simpleza, como si aquello no tuviera mayor importancia, relata: “Habían pasado cuatro o seis años desde que no se organizaba un evento internacional. Ningún coach de otros equipos quiso hacerse cargo. Y, pues, al final mi hermano y yo fuimos los que dijimos: ‘bueno, nosotros nos vamos como coaches, nosotros sacamos a la selección’”.

El paso del tiempo y su constancia lo han llevado a ser uno de los referentes del fútbol americano en el país. Moviéndose hacia delante, en una posición más seria, indica: “Creo que me he ganado mi lugar en este deporte. La gente que está observando nota esas cosas. O sea, una muestra bien clara es esta entrevista, ¿no? —se ríe—. Quienes lo perciben, pues, reconocen el esfuerzo, aunque tal vez no vean todo lo que hay detrás. No es por ser agrandado; lo digo por lo que he visto y recibido”.

Lutin no ha recorrido este camino en soledad; su hermano mayor, Daniel, ha sido una pieza clave de su éxito. Aunque de niños nunca llegaron a conectar del todo, ahora mantienen un vínculo que trasciende de lo laboral. “Sí… quizá crecí teniéndole poco cariño. Yo empecé a jugar antes que él y le insistía para que se metiera. Al principio no quería, pero logré convencerlo de salir a la calle a practicar lanzamientos y atrapadas conmigo. Desde entonces empezamos a unirnos más. Ya siendo parte de un mismo equipo, las cosas cambian bastante: te volvés muy cercano con todos, y con Daniel fue aún más”, recuerda con una sonrisa ligera.




Entre las actividades que practica fuera de su disciplina se encuentra la música; un gusto que llegó a su vida incluso antes que el fútbol. Junto a su amigo Christopher, conocido artísticamente como Salvech, se ha dedicado a mezclar y producir varias canciones de rap. Hoy en día, cuenta con un pequeño estudio de grabación que no solo le ha permitido generar ingresos adicionales, sino también interactuar con otros artistas guatemaltecos.

“Hace unos cuatro o cinco años empecé a interesarme también por la lectura. Durante mi infancia y adolescencia no fui un gran lector, pero alrededor de los 25 me empezó a llamar la atención, especialmente la poesía. Desde entonces he leído alrededor de unos 40 o 45 libros”, explica. “De hecho… aquí están todos mis libros” —los señala—.

El objetivo de Pablo Lutin siempre ha sido vivir de lo que ama. Con un tono serio y determinante, afirma: “Mi plan es jugar hasta donde mi cuerpo lo permita, y cuando ya no aguante, voy a seguir entrenando”. Aunque reconoce que dedicarse 100 % al deporte en Guatemala es un desafío, ha logrado combinar su pasión con oportunidades remuneradas: dirige a un equipo femenino de flag y ofrece clases individuales para quienes buscan mejorar su técnica.

Al mirar hacia atrás, reflexiona sobre lo que le diría a su versión más joven, aquel niño fascinado por un partido de la NFL: “Tal vez solo le diría que no se rinda —piensa en silencio—. Escuchar eso me hizo falta un par de veces. El camino que elegí hasta cierto punto fue difícil, pero es algo que tuve que aprender a las malas. Ya encaminado, solo queda ir para adelante”.





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