La labor dedicada de una bibliotecóloga que acerca los derechos humanos

 

En una oficina silenciosa, rodeada de estanterías repletas de historias, leyes y documentos que resguardan la memoria del país, la licenciada Mimi Milián sonríe con serenidad. Lleva más de tres décadas entre libros, carpetas y archivos que hablan de justicia y derechos humanos. “Este trabajo es una maravilla”, dice, con esa mezcla de orgullo y gratitud que la caracteriza. “Aquí, si uno le pone amor, el tiempo se le va volando”. “Mi trabajo más es administrativo, pero no dejo de atender a los usuarios. Me encanta ver sus rostros cuando encuentran lo que buscan”.

La bibliotecóloga Mimi Milián recibiendo un reconocimiento en una premiación de un certamen literario.


Es licenciada en bibliotecología y maestra de segunda enseñanza en pedagogía y psicología. También estudió 4 años de la licenciatura de psicología en la universidad Landívar. Viene de Cobán y desde muy joven mostró dedicación al estudio y al aprendizaje, combinando simultáneamente sus carreras y trabajando en diferentes ámbitos. 

Su trayectoria la llevó a integrarse a la Institución del Procurador de los Derechos Humanos (PDH) en la Biblioteca Especializada en Derechos Humanos Gonzalo Menéndez de la Riva, donde ha desarrollado su labor como bibliotecóloga, apasionada por el servicio a los usuarios y por la promoción del conocimiento en derechos humanos. A lo largo de su carrera ha combinado formación académica y experiencia práctica, convirtiéndose en una referente dentro de la red de bibliotecas de la institución.

La biblioteca de la institución del PDH es su refugio y su escenario. Conoce cada estante, cada colección, cada documento que otros apenas hojean. “A veces llegan y me dicen: ‘mire, vengo buscando Guatemala Nunca Más’. Yo les explico que esa colección tiene cuatro tomos. Les muestro el resumen, les cuento de qué trata, porque el usuario viene precisamente a eso, a que uno le oriente. Si lo supieran, no vendrían”, comenta mientras acomoda unos papeles sobre la mesa.

Habla rápido, con entusiasmo contagioso. Su tono se ilumina al recordar anécdotas cotidianas, pequeñas historias que reflejan la importancia de su trabajo. “Una vez vinieron ocho patojos a investigar algunos documentos en la biblioteca. Yo con amabilidad los atendí y se fueron muy felices, pero regresaron y me trajeron unas cositas. Les dije que gracias, pero aquí no nos autorizan recibir nada. Ellos se rieron y me dijeron que igual volverían. Ese tipo de detalles no se olvidan. Salieron felices, porque aquí uno no deja que el usuario se vaya con las manos vacías”.

Su trato con las personas parece una extensión natural de su vocación. Atiende con la misma paciencia al investigador experimentado que al estudiante nervioso. “Depende del usuario —dice—. Si llega un investigador con experiencia, uno le entrega su material, se sienta tranquilo, revisa, y a veces ni pregunta nada. Pero si llega alguien nuevo, hay que explicarle, orientarlo. Esa es la esencia del servicio”.

Contando cuentos en círculos de lectura dentro de centros educativos.


Recuerda con especial cariño los años antes del Internet. “Atendíamos de 1,500 a 2,000 personas. El Internet es el culpable de que las bibliotecas estén vacías”, afirma con seriedad. “Antes, los chicos venían en grupo, de secundaria casi siempre. Ahora utiliza el internet como una herramienta para ayudar a los usuarios que llegan a la biblioteca buscando algún tema fuera de los derechos humanos. 

Mientras habla, entrelaza recuerdos con reflexiones sobre su oficio. Se nota que ha hecho de la biblioteca algo más que un espacio físico. Es, para ella, un punto de encuentro entre la memoria y la educación. “Cuando uno abre un libro, se transporta”, dice. “Conoce otros lugares, otras mentes. Por eso insisto en que las bibliotecas deben promocionarse más, sobre todo las departamentales”.

Desde 1993, explica, la PDH organizó una red de bibliotecas en varios departamentos del país, dentro de las auxiliaturas de la institución. “Son más pequeñas, pero igual especializadas en derechos humanos. Como parte de mi labor, hicimos un diagnóstico para ver cómo están y qué se puede mejorar”, relata.

Premiación por ser una de las trabajadoras que ha permanecido por más tiempo en la PDH.


Ella misma visitó varias de esas bibliotecas. Viajó, tomó notas, entrevistó a los encargados. “La gente conoce las auxiliaturas, pero no las bibliotecas. Por eso mi tesis fue sobre promoción y difusión de la red de bibliotecas. Hicimos encuestas y la mayoría ni sabía que existían. Hay que usar la radio local, los cables, cualquier medio para darlas a conocer”, propone con convicción. Su mirada se enciende cuando habla de estos temas, como si cada palabra fuera una forma de seguir defendiendo su oficio.

Le gustan los libros de motivación. Dice que la inspiran, que le ayudan a mantener la mente enfocada. “El que más me impresionó fue El vendedor más grande del mundo, de Og Mandino. Ese libro hay que leerlo tres veces al día: al levantarse, después del almuerzo y antes de dormir. Es sobre la formación de hábitos, de principios.” cuenta con mucho entusiasmo 

Dentro de la biblioteca conserva un libro que le encanta, rápidamente se paró de su silla y buscó entre las estanterías un libro de cuentos titulado Si yo fuese un libro, que cita con emoción. “Es precioso. Dice: ‘Si yo fuese un libro, pediría que no me usaran como adorno en las estanterías’. Me encanta porque cada frase tiene alma. Lo leí un día antes de ir a un evento en la Biblioteca Nacional y, sin planearlo, lo mencioné en mi intervención. Todos se me quedaron viendo, y una colega me preguntó: ‘¿dónde encontraste ese libro tan lindo?’”. Dijo entre risas.

Oficina de la licenciada Milián que se encuentra a un costado de la Biblioteca Especializada en Derechos Humanos Gonzalo Menéndez de la Riva.


Entre todos los textos que ha leído, hay uno que considera fundamental: la Declaración Universal de los Derechos Humanos. “Es completísima. La usamos para hacer círculos de lectura en colegios e institutos. Son solo treinta artículos, pero tan claros, tan bien planteados… Nos sirven muchísimo para promover valores”, explica con firmeza.

Cuando le preguntan cuántos libros ha leído, se ríe con modestia. “Ay, ni sé —responde—. Pierdo la cuenta. Pero de motivación, unos cincuenta. Todos los leo. Y hay otro buenísimo: Cómo suprimir las preocupaciones y disfrutar de la vida, recomiendo que todos deberíamos leer ese libro”.

Habla con alegría, sin filtros, con una franqueza que la hace cercana. No teme decir lo que piensa, pero lo hace siempre con ternura. En su voz hay una mezcla de autoridad y calidez, como si cada palabra estuviera pensada para enseñar algo.

Su historia personal también está llena de esfuerzo. “Soy de Cobán —cuenta—. Me venía a estudiar a las tres de la mañana para llegar a tiempo a la Universidad. Iba a la San Carlos de lunes a viernes y los sábados estudiaba psicología en la Landivar. No pude graduarme de psicóloga porque llevaba las dos carreras simultáneamente. Al final me quedé con la licenciatura en bibliotecología y con mi título de maestra en pedagogía y psicología. Pero no me quejo, tengo un trabajo maravilloso en una biblioteca maravillosa”.

Participación en la actividad por el día del niño de la Dirección de Promoción y Educación de la PDH.


Dice que ya es adulta mayor, pero su entusiasmo contradice el paso del tiempo. Su energía llena el espacio. Habla con el mismo ímpetu con el que seguramente atiende a cada visitante que llega a la biblioteca. “Aquí estamos para servirles”, repite, como un mantra.

La conversación termina, pero la sensación que deja es la de haber conocido a alguien que ha hecho de los libros su forma de vida. Alguien que cree en el poder de la palabra escrita, pero también en la bondad y la fe. Una mujer que no solo cuida documentos: custodia historias, preserva la memoria y enseña que leer también es una forma de servir.

Comentarios