El amanecer del 20 de marzo de 1990 fue como cualquier otro. El canto de los gallos rompía
el silencio de la colonia Las Tunches y el olor a café recién hecho se colaba entre las casas de
block. Lidia Chacón salió apresurada rumbo a su trabajo —eran las seis y media, según el
reloj de muñeca que le había regalado su hermana—, pero algo la hizo regresar. Había
olvidado su carnet.
“Mi hermana me preguntó la hora y le dije que eran las seis y media; me respondió que tenía
media hora para dormir —esas fueron las últimas palabras que escuché de ella—”, recuerda
Lidia, mirando hacia el suelo.
Minutos después, el sonido seco de los disparos quebró la rutina del vecindario. Su cuñado la
alcanzó en la calle y le dijo: “Su tía le pegó a Reyna”. Lidia pensó que se trataba de golpes.
No imaginaba —ni por un segundo— que se trataba de algo peor.
Cuando llegó, vio a sus vecinos intentando sostener a Reyna, que vomitaba sangre. “Lo más
doloroso fue verla inmóvil y su estómago moverse, como si el bebé —de seis meses— tratara
de salir. Yo solo gritaba y pedía ayuda”, cuenta Lidia con la voz entrecortada.
El motivo del ataque, según los testimonios, fue una discusión entre su madre y su tía. Reyna
intentó defenderla. “Me dijeron que mi tía le dijo: ‘por shute lo que te va a pasar’ y le
disparó.”
El juicio llegó meses después. El Ministerio Público pidió justicia por Reyna y su bebé, pero
la condena fue de siete años —reducidos luego por buena conducta—. “Fue duro saber que la
persona que nos quitó tanto, volvió a vivir a la par de nuestra casa”, comenta la madre de
Lidia, en un tono sereno, pero con los ojos húmedos.
Aquel año, la tragedia no terminó ahí. Lidia estaba embarazada. Cuando llegó el momento
del parto, las complicaciones se multiplicaron. “Mi bebé nació de piecitos —no había
ambulancias, la comadrona vivía lejos— y murió poco después”, relata. “Viví dos duelos en
el mismo año.”
El tiempo siguió su curso, pero el dolor parecía no tener fin. Angelita, otra de sus hermanas,
enfermó del corazón. Una discusión familiar le provocó un paro cardíaco. “Tenía solo 30
años —recuerda Lidia— y dejó un niño de cinco que crió mi mamá.”
Semanas más tarde, su padre llegó de visita. No sabía que Angelita había muerto. “Le dijimos
que se había ido a Estados Unidos —para que no se pusiera a tomar—, pero días después me
dijo que la había soñado entre nubes y flores.” Quince días más tarde, él se cayó de un árbol.
Lidia lo soñó esa noche y decidió ir al hospital. “Nos dijeron que había muerto el viernes
anterior —fue devastador—.”
Los años trajeron más silencios que alivio. Su sobrina Jessy, a quien describe como “una niña
alegre y risueña”, enfermó repentinamente. “Empezó a vomitar. Corrimos a buscar un carro
para llevarla al hospital, pero murió en la esquina. Era mi adoración.”
Cuando pensó que la vida ya no podía doler más, Lidia encontró en el cuaderno de su hijo
Cristian una frase que le heló la sangre: “Preferiría mil veces estar muerto.”
Días después, otro dibujo: una tumba con su nombre y las palabras “Descansé en paz,
Cristian Chacón.”
“Le pregunté qué pasaba —dice Lidia—, pero no me decía nada. Hasta que un día, entre
llantos, me confesó: ‘me violaron cuando tenía cinco años’.”
Cristian intentó quitarse la vida varias veces. “Una tarde, después de recibir mi bono, entré a
su cuarto —estaba tan tranquilo—, y lo encontré con su cabecita a un lado… ya no
respiraba.”
Pasaron los años, y otro golpe más llegó. Su hijo Marlon desapareció una mañana lluviosa.
“Me llamaron para decirme que lo habían subido a un carro gris sin placas. La policía me
pidió esperar —que debían pasar horas para considerarlo secuestro—.”
Mientras los vecinos y familiares lo buscaban, sonó el teléfono. “Era mi hija. No quería
decirme si estaba vivo. Solo lloré. Sentí que el mundo se venía abajo.”
Hoy, Lidia sigue luchando por mantenerse de pie. Ha recibido ayuda psicológica y
medicamentos para la ansiedad y la depresión. “Siento que estoy cerrando el círculo —no es
olvidarlos, porque nunca lo haré—, pero estoy aprendiendo a aceptar que todos algún día
daremos ese paso.”
Su madre, testigo silenciosa de tantos funerales, asiente en silencio. “Dios la ha sostenido
—dice—. Yo la he visto caer muchas veces, pero también la he visto levantarse.”
Entre recuerdos, ausencias y fe, Lidia Chacón sigue caminando. Cada cicatriz que carga no
solo cuenta una historia de tragedia, sino también de resistencia.


Comentarios
Publicar un comentario