El doctor Luis Fernando Mack Echeverría,
profesor-investigador de FLACSO-Guatemala y catedrático de la Escuela de
Sociología de la Universidad de San Carlos de Guatemala, analiza cómo las
nuevas generaciones construyen su participación política en un mundo dominado
por redes sociales, desconfianza institucional y cambios tecnológicos.
“La
despolitización también es política: si tú no decides, alguien más lo hace por
ti.”, Dr. Luis Fernando Mack.
Desde la perspectiva
sociológica, ¿cómo ha cambiado la forma en que los jóvenes se involucran en la
política o en la resolución de problemáticas sociales?
—En
general, debemos reconocer que vivimos un cambio societal profundo. Las formas
de relacionamiento y los valores que antes eran más estables han perdido
permanencia. Somos una sociedad cada vez más individualista, más centrada en sí
misma. Lo que algunos llaman el “hombre o la mujer light”:
se involucran con intensidad, pero solo por un momento. Hoy protestan por
Siria, mañana por un tema local, y pasado mañana ya se olvidaron de ambos. Es
un involucramiento efímero, superficial, como un carrusel emocional.
¿Las redes sociales han influido en ese
tipo de involucramiento?
—Totalmente.
Existe una fascinación con las redes sociales, porque creemos que allí está el
universo. Pensamos que publicar un mensaje o compartir una indignación equivale
a actuar. Hay estudios, como Las redes del caos, que
explican cómo estos espacios premian la participación continua: cuanto más
tiempo pasas en ellos, más estímulos recibes. Pero esa lógica te engancha en
temas pasajeros, y te suelta al siguiente día. El resultado es un activismo
intermitente, sin continuidad.
¿Entonces podríamos hablar de un
activismo sin memoria?
—Exactamente.
Vivimos sin memoria histórica. La indignación aparece y desaparece. En
Guatemala lo hemos visto muchas veces: la tragedia del Hogar Seguro, las
protestas del 2015, o las más recientes de 2023. Movilizan, conmueven, pero
luego desaparecen sin dejar huella estructural. La sociedad guatemalteca se
especializa en esos estallidos momentáneos.
¿Las redes sociales pueden ser una vía
legítima de protesta?
—Sí,
han demostrado capacidad de convocatoria. Movimientos como los de las
feministas con “Un violador en tu camino” o las marchas de 2015 en Guatemala
surgieron de allí. Pero su límite es la falta de continuidad política. No se
transforman en estructuras, en partidos, en proyectos duraderos. Sin esa
traducción al terreno político, las protestas se diluyen.
¿Cómo se construye hoy la identidad
colectiva juvenil?
—De
forma dispersa y desarticulada. Cada joven construye su identidad como si
armara un menú: hoy una creencia, mañana otra. Y además, las figuras que forman
opinión no siempre son expertos: los “politokers” o influencers
tienen más alcance que los académicos. Eso puede generar identidades
distorsionadas, porque los jóvenes escuchan a quienes tienen más seguidores, no
necesariamente más conocimiento.
¿Qué diferencia hay entre las
organizaciones activistas de antes y las actuales?
—Antes
existían vínculos con estructuras políticas o movimientos sociales duraderos.
Hoy, las movilizaciones —tanto en redes como en calles— son episódicas. Si no
se traducen en acción política real, el sistema sigue igual. Las mismas
estructuras corruptas del 2015 siguen vigentes en 2025.
¿La vigilancia estatal o la desconfianza
en las instituciones influyen en este cambio?
—Sí.
Hay una sensación generalizada de que el sistema está roto. Las
instituciones protegen a los poderosos y no responden a los ciudadanos. Eso
genera desconfianza y desmotivación. Vemos populismos como el de Trump o
Bukele, o casos como el de Bernardo Arévalo: llegó con esperanza, pero su falta
de resultados ya genera desencanto. Los jóvenes perciben que nada cambia, y se
alejan aún más de la política formal.
¿Podemos hablar de una despolitización
juvenil o de nuevas formas de politización?
—La
despolitización es una forma de politización. Si renuncias a
involucrarte, estás cediendo tu espacio para que otros decidan por ti. Es una
postura política, aunque sea pasiva.
¿Se puede hablar de una manifestación
híbrida, entre lo virtual y lo presencial?
—Sí,
creo que vivimos una etapa híbrida. Hay elementos que se mantienen, pero otros
cambian con velocidad. La intensidad del cambio es tal, que cuesta prever el
futuro. Todo muta constantemente, y eso complica pensar en formas estables de
participación.
¿Qué papel deberían tener las
instituciones —escuelas, Estado, familias— frente a esta realidad?
—Estamos
ante una revolución tecnológica. La inteligencia artificial está transformando
la docencia y la comunicación. Muchos jóvenes confían más en una IA que en un
profesor o en sus padres. Porque la máquina responde rápido, es eficiente y
siempre está disponible. Eso cambia la forma de enseñar y aprender. Estamos
frente a un cambio social de dimensiones que aún no comprendemos del todo.
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