Entre clics y emociones: el impacto digital en los jóvenes guatemaltecos

 Por: Dulce Cano 


La adolescencia guatemalteca transcurre entre dos mundos: el físico de la escuela, la casa y el barrio, y el digital de las pantallas, los mensajes y los “likes”. En ese espacio virtual, los jóvenes construyen identidad, buscan pertenencia y expresan emociones. Las redes son un punto de encuentro, pero también un espejo que amplifica inseguridades y hábitos que transforman la vida cotidiana.

 


Datos de UNICEF revelan que los adolescentes latinoamericanos pasan entre tres y cuatro horas diarias conectados. En Guatemala, la Superintendencia de Telecomunicaciones (SIT) confirma que la mayor parte del tráfico de internet proviene de dispositivos móviles, lo que permite la conexión desde edades tempranas. Sin embargo, el Instituto Nacional de Estadística (INE) evidencia que la desigualdad digital persiste: en zonas rurales, la conectividad es menor y el acceso a equipos de calidad sigue siendo limitado.



Las experiencias de varios jóvenes reflejan distintas formas de convivencia con la tecnología. Joselin Chávez, usuaria frecuente de Facebook y Twitter, comenta que “he encontrado prédicas y testimonios que me ayudan cuando me siento mal”, aunque admite que “las malas noticias y los trends virales pueden afectar”.


José reconoce que muchos adolescentes desbloquean el teléfono “sin notificaciones, solo por costumbre”, un hábito que se vuelve inconsciente.


Joseph, activo en Instagram, considera que “la exposición excesiva es peligrosa porque muchos niños se envician desde pequeños”.


Por otro lado, Joana de León usa las redes con un propósito distinto: “Las empleo para mi negocio y me ayudan a trabajar”. Su testimonio ilustra cómo las plataformas pueden ser también una herramienta de emprendimiento.

La psicopedagoga Amy Mijangos explica que el uso excesivo de redes sociales “puede provocar ansiedad, dificultades de concentración y aislamiento social”. Agrega que durante la adolescencia la necesidad de aceptación hace que los jóvenes se comparen con modelos irreales, lo que afecta su autoestima y percepción del éxito.

Organismos como la OMS y la OPS advierten que el uso prolongado de pantallas altera los ritmos del sueño, reduce la atención y puede causar fatiga visual o dolores musculares. Mijangos también señala que “la irritabilidad al no tener acceso al dispositivo y el descuido académico son señales de alerta”. En el aula, los docentes coinciden: la distracción aumenta, pero cuando se aprovechan para investigar o coordinar proyectos, las redes pueden potenciar el aprendizaje.


En el hogar, los límites generan tensiones. Edwin Ramírez, padre de dos adolescentes, comenta: “Cuando intenté reducirles el tiempo de pantalla, se molestaron, pero con diálogo entendieron”. Los especialistas recomiendan acompañar antes que sancionar y promover rutinas familiares sin pantallas.

Las redes no son solo riesgo: también representan oportunidades para aprender, crear y conectar. La clave, según Mijangos, está en formar criterio y equilibrio, no en prohibir.

Nancy Gabriela, entrevistada, lo resume con claridad: “Cuando es demasiado tiempo, perjudica bastante. Pero con moderación, sí beneficia”. Esa frase encierra el verdadero reto: educar para usar la tecnología con conciencia, para que las pantallas no sustituyan el mundo, sino que se conviertan en una ventana más para comprenderlo y explorarlo desde otro ángulo.





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